Beso

Letras & Poesía

El trabajo de vigilante nocturno en el muelle de San  Beltrán es duro, por eso sólo nos atrevemos con él los más osados; quienes estamos a la vuelta de todo pero aún guardamos violencia y rabia en el talante, o a quienes no nos gusta demasiado doblar el lomo como esos desgraciados estibadores, que antes de los cuarenta  ya andan más torcidos que los  ganchos con que levantan  fardos.

   Mi jornada siempre acababa a las seis de la mañana, todo el año: catorce noches seguidas y una de descanso, cayese cuando cayese. Algunas noches, cuando en invierno el frío y  la humedad nos hacían olvidar hasta  nuestro propio nombre, nos juntábamos los tres vigilantes y, aunque lo teníamos prohibido, encendíamos una hoguera dentro de algún bidón viejo entre medio de los tinglados a la que solían acudir, como alimañas atraídas por la luz, los vagabundos y delincuentes de medio…

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